—¡Por todos los pantanos venenosos de Miyazaki! ¡Luz Luminaria! ¿Eres tú?

—¿Mascarrocas? ¡Qué gozo verte! ¡Siéntate conmigo! Nos beberemos mis últimos ahorros.

—Con tu permiso… Creía que te habías llevado un buen pellizco de la campaña de Tirith. Tienes que contarme en qué te lo has gastado. ¿En elfos libidinosos? ¿En enanas casquivanas?

—No, nada de eso. Me compré una mina. ¿Qué vas a tomar?

—Un cántaro de cerveza, gracias. Me sorprendes. Te creía en la granja de Gimlo, ¿qué pasó?

—Lo dejé. Aquello no era vida para mi. Demasiado sol, polvo y callos en las manos. Pero, cuéntame, ¿qué hay de ti? ¡Tabernero, un cántaro para mi colega!

—Pues… No te mentiré, he vivido épocas mejores. Me está costando encontrar curro. Ya nadie quiere a un viejo trol.

—Vaya… ¡Oh, mierda! Han llegado aventureros.

—¿Qué? ¡Ah, míralos! Lucen guapitos con todas esas cosas brillantes encima. ¡Demonios! Este bebercio está bueno. Me gusta así, espesito.

—No les mires fijamente, o nos la lían.

—De seguir así tendré que irme a vivir debajo de un puente.

—¡Hala! Ya está el follón montado.

—El clérigo no es de los de poner la otra mejilla.

—El bárbaro posando tras destrozar la barra es de traca. Aunque tiene buenas nalgas…

—En fin…

—Necesitaré gente para la mina, Mascarrocas. Si te apetece, puedes quedarte una temporada y darme una mano.

—¡Oh, eso sería fantástico! Me apunto.

—¿Cuáles son tus honorarios?

—¿Honorarios?¿Qué es eso?

—¡Empiezas mañana!